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September 17 Una vez más huía de su pasadoUna vez más huía de su pasado. Desplegó sus alas para poder escurrirse de la nube tormentosa que él le ofrecía por lecho. En busca de suaves algodones serenos que besaran con piedad sus sufridos pies desnudos. Él, insensible, incapaz de dar amor en condiciones. Ella, lastimada, incapaz de dar amor sin condiciones. Este ángel ansía el amparo de un cielo sosegado que no silencie sus labios malheridos. Solitaria, navega sublevándose contra el tupido bullicio de una tormenta veraniega, bochornosa, asfixiante. Desea escapar hacia un lugar más apacible. Siempre soñó con convertirse en el susurro proclamado por las paredes de un hogar unido, pero el hierro de una mano pusilánime amilana una vez más la fortaleza del ángel y la obliga a huir. Qué equivocada estabas, niña, al pensar que lo podías cambiar todo, que el tiempo frenaría la semilla de la ira. Ahora te quedas sin nada, como un ángel desangelado, mientras tus alas se empeñan en llevarse lejos tu pesado cuerpo abatido, intentando sacarte de la vorágine de un tornado de silencioso dolor, intentando salvarte de la espiral de dudas que te embargan. Por primera vez sientes el vértigo de la soledad que se avecina, pero tu boca rota a golpes reconoce que no te queda otra alternativa que evadirte de ese pasado, nunca más presente, que te esclaviza y que te roba la felicidad que nunca ha sido tuya. Este ángel que mira con ojos exhaustos bordados de púrpura extiende sus alas hacia un nuevo futuro porque hoy ha decidido que le toca el turno de vivir. August 28 Y a pesar de todo sigues sin creerme...-Y a pesar de todo sigues sin creerme- dice don Jesús al compañero que tiene sentado más cerca en la mesa de reuniones. -No es que no lo crea, pero después de tantos años, que haya decidido dejarnos…- replica Pedro angustiado. –La empresa lo necesita más que nunca. -No habéis entendido nada –argumenta don Jesús intentando mantener la paciencia. –Yo no he hablado de dejaros. Lo que estoy diciendo es que me van a echar de la empresa. Todos ríen. Mateo, el director del departamento contable es el primero en rebatir las palabras de don Jesús: -¿Cómo le van a echar? Si ésta es la empresa de su padre. -Aunque no quiere decir que ése sea el motivo principal- se apresura a explicar Andrés, el jefe de producción, ante la evidente falta de tacto de Mateo. –Usted es imprescindible en esta compañía. -Pues en verdad os digo que me echarán. Y no será por mi culpa. Alguien hablará más de la cuenta. -¿Cree que hay un traidor entre nosotros?- pregunta Pedro contrariado. -Lo creo- afirma don Jesús con rotundidad. –Pero no me mires así, Pedro, no tengo en absoluto ninguna sospecha hacia ti. Además, tengo completa confianza en que ocupes mi puesto durante mi ausencia. Hay un silencio. -Bueno, alegremos esas caras y trabajemos un poco. Pedro, ¿tienes preparado el balance de ventas que te pedí? -No. -Pues te lo pedí a ti. -No. ¿Y no sabes a quién se lo pedí? -NO. -Me lo pidió a mí- contesta Judith, la directora de ventas, sentada en el extremo más alejado de la larga mesa. -Ah, sí, cierto… Julia, veámoslo. -Judith- corrige la joven economista. Es la que menos tiempo lleva en la directiva, pero es la única mujer y se siente desplazada del resto a causa de ambos aspectos. Con su superior no ha conseguido alcanzar la misma simbiosis que tienen sus compañeros. Tendrá que trabajar duro, pero está empezando a cansarse de que no recuerde ni su propio nombre. Después de un rato repasando las finanzas y las ventas las trece personas reunidas en aquella sala de juntas deciden concederse un descanso. -Bueno, creo que ha llegado la hora de la despedida- dice don Jesús abatido. –Pero deberíamos hacer un brindis por los buenos momentos que hemos pasado juntos, ya que será el último. Jessica, en el mueble bar de mi despacho hay un Rioja del 82. Trae la botella y copas para todos. Si no puedes con todo que te ayude el chico del correo. Esto ya es el colmo. Cinco años de carrera y dos másters en Estados Unidos para acabar de recadera de un pijo que siempre lo ha tenido todo y que es incapaz de acordarse de un simple puto nombre. Hasta aquí hemos llegado. Judith sale de la sala pero en lugar de dirigirse al enorme despacho de don Jesús desvía su camino hacia el suyo propio, mucho más modesto. Se sienta frente al ordenador, abre el correo electrónico y busca en su agenda la dirección del Presidente Director General. Sabe que lo que va a hacer le puede costar su puesto, pero es lo que tiene la venganza servida en plato caliente, que siempre tiene sus consecuencias. Sin que tiemble su pulso redacta un escrito dirigido al gran magnate: “Estimado don César: Llevo un tiempo trabajando en esta reputada empresa y, al ser testigo de algunos actos que la perjudican gravemente, mi ética me obliga a comunicarle los hechos: una persona muy importante en la escala directiva de la compañía ha estado cediendo información privilegiada a empresas de su competencia. Esté atento porque en próximos días una Opa hostil podría caerle encima por sorpresa. Vigile sus espaldas porque el traidor es su propio hijo. Una amiga”. Judith es más que eficiente para volver en tiempo record a la sala de juntas cargada con la botella y las copas sin que nadie note que en el camino ha hecho “algo más”. Don Jesús descorcha el vino y se dispone a servir el mismo, en ese instante oscila su cuerpo en busca de algo o de alguien, hasta que su mirada se encuentra con la de Judith. -Las mujeres primero- dice con alegría. Judith baja la mirada. ¿Sabrá algún día don Jesús que fue ella quien lo traicionó? Haciendo puntillas se inclina hacia él y le da un sonoro beso en la mejilla que él no se espera. -Le echaremos de menos, señor –dice. Y haciendo acopio del acto de la joven el resto de los empleados aprovechan también para despedirse de su jefe y gran amigo estrechándole la mano uno a uno. Inspirado en un sketch de Agitación + IVA.
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August 07 De acuerdo, te diré la verdadRUTINA
De acuerdo, te diré la verdad: es cierto que antaño mi felicidad se pesaba en kilos y hoy tan sólo en gramos. Es verdad que ayer peleaba contra las olas del tiempo ansioso por robarle al reloj algunos minutos de más para pasarlos junto a ti, pero que hoy es a ti a quien robo las horas para pasarlas en cualquier parte menos contigo.
Admito que antes deseaba adelantar cada amanecer para que mis ojos despertaran mirando a los tuyos, que toda mi existencia se basaba en el verde de tu iris y que sin tu verde mi mundo y el de todos no podía tener otro color que no fuera el gris. Lo reconozco, no miento cuando digo que sólo necesitaba posar mis dedos sobre tu piel para arrancar de mis entrañas todos mis males y, sin embargo, ahora entre mis males te encuentras tú, y lo siento. Desearía poder volver a apoyar mis yemas sobre tu dermis y borrar y volver a empezar. Confieso que tu risa cristalina me embebecía y me transportaba a océanos de optimismo donde todo era bueno. Ahora ya no recuerdo tu risa, y lo siento. Siento que guardo tan pocos recuerdos de mi felicidad contigo que me veo obligado a repetirla, así que no tengo más remedio que volver a robarle tiempo al tiempo para estar contigo, a adelantar las mañanas para despertar perdiéndome en el abismo de tu mirada, a acariciarte para disipar de mí todo mi sufrimiento, pero sobretodo, a hacerte reír para comprender que todo en nosotros sigue siendo bueno. Aún no es tarde, tan sólo has de decir SÍ.
July 24 No es que te haya echado de menos-No es que te haya echado de menos, es que te llevaste mi cartera- dijo Samuel entrando en la casa de la piscina con aquella soberbia que le caracterizaba.
A Víctor le dolía haber llegado a aquella situación. Deseaba que Samuel se quedara para poder sentarse a discutir con él aquel lamentable asunto que les había llevado al frágil estado en que se encontraba su amistad, pero sabía que el primer paso no le correspondía, no se sentía responsable. Dichoso orgullo.
Samuel revisó rápidamente su cartera antes de guardársela. -No falta nada, puedes estar tranquilo- dijo Víctor con fingida parsimonia. -Seguro. No hay más que ver lo bien que te van las cosas para saber que no necesitas echarle mano a la cartera de un pobre individuo del montón- agregó Samuel cargado de sarcasmo. -Déjalo, aún me duele la cabeza de lo de anoche, no tengo ganas de oír tus histerias. -Claro, ahora Samuel es una loca histérica. Pero cuando te lo pasas tan bien en las fiestas de tu editor que ni siquiera puedes volver conduciendo entonces soy el tío Samuel que bien que cuida del pobre Víctor.
El escritor se aprovechó de aquel claro síntoma de debilidad de su amigo. -Samuel, tú siempre has sido mi amigo y siempre lo serás. -Vamos, Víctor, y tú también- agregó Samuel vencido por el paternalismo. Víctor arqueó una ceja. La noche anterior ciertamente estaba borracho, Samuel había tenido que traerlo a casa, pero estaba lo suficientemente consciente para oír cómo Samuel le decía que su amistad había terminado antes de cerrar de un portazo. -¿Por qué dijiste eso? Samuel hizo aquel típico gesto suyo consistente en levantar al máximo la barbilla que siempre adoptaba cuando pretendía tener razón. -Pues es evidente, te pasaste la noche hablando con el cabrón de Ibáñez, muy animadamente, y ya sabes el daño que me hizo ese tío. -¡Pero esto es el colmo, Samuel! ¿Ahora tampoco me vas a dejar elegir a mis amigos sin que reciban tu aprobación antes? -No debería si tus elecciones pueden tener algún tipo de confrontación con tus amistades de siempre. -¡Por Dios! -Te recuerdo que ese tipo me llamó maricón. -Y, ¿no lo eres? -Pero lo hizo delante de más de treinta personas. -¡Vamos! Teníamos diez años. -Pues con más razón. Entonces aún no tenía mi sexualidad bien definida. ¿Tú sabes la marca que eso puede dejar en un niño? Víctor rió. -A los ocho años te disfrazaste de sirenita para fin de curso, y a los nueve de Cenicienta. No sé cómo conseguías engañar a tu madre. -Está bien- claudicó Samuel no muy convencido. – Lo que importa no es lo que soy, sino lo que ese Ibáñez es. ¿Quieres ser amigo de un homófobo? Víctor puso los ojos en blanco. -Entonces, veamos si ese filtro anti malos amigos funciona: tampoco puedo tener amigos americanos, ni judíos. Vamos, Samuel, ¿desde cuándo has elegido tú a tus amigos por su ideología, religión o política que profesan? ¿Voy a tener que dejar que a partir de ahora mis futuros amigos pasen por un casting dirigido por ti? -Me estás tratando con demasiada dureza. Recuerda quién insistió en que llevaras tu primera novela a la editorial. Recuerda quién ha estado siempre a tu lado. Ahora que lo tienes todo parece que tienes amnesia. Pero no pasa nada. Seré paciente. Me voy. Algún día me buscarás, cuando de nuevo me necesites, algún día te darás cuenta de la razón que tenía el viejo Samuel, algún día… -Si te vas a ir vete ya- le interrumpió Víctor con aspereza. –Haz un buen mutis por el foro y ahórrate tu tragedia en tres actos. Los amigos de verdad no se molestan porque aparezcan amigos nuevos. Ni los toman por enemigos ni por rivales. Los amigos de verdad no sacan a relucir a la primera de cambio todo cuanto han hecho por uno en el pasado. Los amigos de verdad no desaparecen y esperan ocultos en la sombra a que el otro tenga un resbalón y regrese admitiendo haberse equivocado con el rabo entre las piernas mientras el “amigo” le regala un satisfecho “mira que te lo dije”. Así que como no eres un amigo de verdad, ya puedes irte.
Hubo un largo silencio. Víctor le había dado la espalda a Samuel dispuesto a subir a su dormitorio. Finalmente su amigo, sin levantar la mirada, dijo con un hilo de voz: -Víctor, ¿podrás perdonarme? -Claro que sí- dijo Víctor dándose la vuelta. Y le dio un efusivo abrazo que pilló a Samuel desprevenido. Un buen rato después, cuando aún no habían deshecho el abrazo, Samuel rompió el silencio: -¿Estás seguro de que no quieres replantearte lo de tu heterosexualidad?
“Qué complicada es la amistad” pensó Víctor.
July 17 ¿Quién puede ser a estas horas?Mi historia de esta semana es especial porque ha contado con una colaboración muy importante, la de "Naranjito". Podría decirse que en este caso mi única aportación ha sido la redacción, ya que el relato es prácticamente suyo, que entiende mucho más del tema que hemos pretendido tratar en este relato.
¿Quién puede ser a estas horas?- gruñó el gordo mientras se levantaba a abrir a regañadientes. Aquella noche había sido sin lugar a dudas la más lluviosa del año. Aquella noche me había tocado servicio con el agente posiblemente más vago y desinteresado del cuerpo. Aquella noche, si no pasaba nada en el pueblo, sabía que la pasaríamos encerrados en el retén. Él era el responsable de turno. A mí me tocaba acatar y callar.
Se me heló la sangre cuando el gordo dejó pasar a aquel chaval: tenía varios cortes en las mejillas, el labio inferior partido, la nariz sangrando, un ojo hinchado que empezaba a adoptar un tono púrpura… Caminaba doblado, aquejado de un dolor abdominal. -Quiero poner una denuncia- dijo con voz quebrada. -Necesitamos el parte de lesiones- instruyó el gordo, como si yo no lo supiera. -Ya lo llevo yo al ambulatorio- dije. Necesitaba salir de allí. –Que le hagan una cura, no parece que tenga nada roto.
Durante el camino de ida y vuelta me fue contando lo ocurrido: su pareja le había dado una paliza. No era la primera vez que ocurría, pero sí la primera que se atrevía a denunciar. Lo miré de soslayo mientras conducía. Era jovencísimo, veinte a lo sumo. Decidí ignorar lo evidente y le pregunté sin rodeos si era homosexual. Asintió con la cabeza.
El gordo se encargó de redactar la denuncia. Poco a poco Antonio fue contando cómo su pareja, Agustín Sánchez Tomás se había enojado con él porque le había perdido la pareja de varios calcetines en la última colada. La discusión se puso tensa, Agustín perdió los estribos y lo lanzó al suelo. Se sentó sobre él para inmovilizarlo y lo golpeó repetidamente en la cara. Después se levantó y le dio una última patada en el estómago. De repente el gordo formuló una pregunta que me dejó petrificado: -¿Realizan ustedes prácticas sadomasoquistas? -¡Millán! Limítate a tomar los datos de la denuncia- espeté. –Esto no es un juicio. El muchacho, ofendido, respondió igualmente: -No las realizamos. No entiendo porqué la gente tiende a asociar ese tipo de prácticas con la homosexualidad. No entiendo porqué se tiene ese concepto de nosotros… Puse una mano en su hombro con el fin de calmarlo. El gordo hizo como que no había pasado nada, imprimió la denuncia y se la entregó a Antonio para que la leyera antes de firmarla. -Está todo bien- dijo estampando su rúbrica. -¿Qué pasará ahora? Supongo que se dictará una orden de alejamiento contra Agustín… El gordo se rió. Lo fulminé con la mirada. -Lo de la orden de alejamiento es más bien complicado- intenté explicarle. –Lo que aquí ha habido es una agresión, una pelea entre dos hombres. No habría sido lo mismo si hubieras sido una mujer. Agustín sólo ha cometido una falta de lesiones, no es un delito. Ni siquiera podemos detenerlo. -¿Quieres decir que ahora tengo que volver a casa con él?- gritó asustado. -¿No tienes ningún sitio a dónde ir? Antonio negó con la cabeza. -Lo siento, de momento no podemos hacer nada más. El joven se levantó, murmuró unas ininteligibles palabras de agradecimiento y abandonó el retén. -Dichosos maricones- dijo el gordo cubriéndose de gloria. A veces pienso que este trabajo es una verdadera mierda.
El resto de la noche se desarrolló con tranquilidad. Afuera seguía lloviendo sin parar, parecía que llegaba el fin del mundo. Al gordo Millán incluso le dio tiempo para su cabezadita nocturna. Yo no pude dejar de pensar en el pobre Antonio. ¿Cuántos años de veteranía iba a necesitar para volverme tan insensible como el gordo? …
Y a las cinco y media sonó el teléfono. Seguro que el gordo estaba maldiciendo al cabrón al que se le había ocurrido tener problemas justo media hora antes de acabar el turno. Era el jefe. Nos pedía que acudiésemos inmediatamente al número veinte de la calle República. La dirección me resultaba familiar. Miré la única denuncia que habíamos cursado aquella noche. La dirección coincidía. Había dejado de llover y el suelo desprendía un cálido aroma a tierra mojada. Frente al domicilio indicado por el jefe había ya un vehículo de la guardia civil. Nos informaron de que algunos vecinos habían oído gritos y habían llamado al cuartel. Entramos en la casa. La escena que se desveló en el salón era terriblemente dantesca: en el suelo yacía el cadáver de un hombre corpulento cosido a puñaladas bañado en un mar de sangre. El cuerpo sin vida de Antonio estaba a pocos metros sobre una sábana. Acababa de ser descolgado de una barra de hacer flexiones donde presuntamente se había ahorcado. Del bolsillo de la camisa sobresalía un papel doblado. Me coloqué los guantes antes de sacarlo con cuidado. Era la denuncia. Me fije en que había escrito algo por detrás: “Ojalá algún día la ley se acuerde de sus lagunas”. La cara del gordo apareció por encima de mi hombro. -¡Qué bobo!- dijo mirando sin interés a Antonio. -¿Por qué se habrá suicidado? En la cárcel habría disfrutado de lo lindo.
Aquella misma mañana solicité por registro de entrada no volver a trabajar nunca más con el agente Francisco Millán.
En España, para que una agresión leve se catalogue bajo el término de "violencia de género" y por tanto se considere delito y no falta, se deben cumplir los siguientes requisitos: -Que el denunciante forme parte de una pareja heterosexual. -Que el denunciante sea mujer.
A fecha de hoy existen centros de acogida para mujeres maltratadas. La policía tiene el deber de ofrecer los teléfonos de dichos centros a las denunciantes sea cual sea la magnitud de las lesiones. A fecha de hoy no existen centros de acogida para hombres maltratados.
July 10 Por una vez sé egoístaComo la frase era bastante larga la he cambiado un poquito, más que nada por adaptación de género, espero que a Matahary no le importe.
“Por una vez, sé egoísta y piensa qué quieres para el resto de tu vida” le decía él sin dejar de llorar.
El Corazón, no ese músculo sano que necesita acción, sino ese sentimiento que provoca instintivamente que el músculo se acelere, el Corazón estaba triste y a la vez furibundo, extraña combinación en un sentimiento que se caracterizaba por su dulzura. Y últimamente el corazón de Lanka, el músculo, latía aceleradamente cuando aquel chico le sonreía.
Por eso, por Lanka, el Corazón se había enzarzado en aquel debate con la Razón, intentando que ésta razonara, tarea que supuestamente debía ejercer a la perfección; sin embargo últimamente la Razón se estaba mostrando un tanto irracional.
“Razón, no sé porqué pones tantos impedimentos. Los dos se gustan, ¿por qué te resistes? La felicidad de Lanka es la felicidad de todos nosotros”.
“Tú siempre tan impulsivo”. Replicó la Razón. “¿Por qué eludes el detalle de que el chico que le gusta a Lanka sale con su mejor amiga?”
El Corazón no había obviado ese “pormenor”, simplemente pensaba que era una barrera que había que saltar.
“Lanka lleva más de dos meses suspirando por ese chico” dijo el Corazón. “Tarde o temprano su amiga se dará cuenta. Lo que quiero decir es que esta situación no es pasajera, ella no va a olvidar con el tiempo al chico. Fíjate lo que te voy a decir: el asunto se puede agravar hasta tal punto que todos corremos peligro, incluso tú podrías desaparecer”.
Evidentemente nadie había caído en la cuenta de que la joven Lanka pudiera perder la razón.
“El problema, Corazón, es que te limitas a pensar sólo en el presente. ¿Qué pasará cuando Lanka pierda a su mejor amiga y el chico se canse de ella? ¿Estamos todos preparados para aguantar durante una larga temporada a don Dolor de Cabeza, doña Lágrimas y doña Ansiedad?”
El Corazón, que ya estaba bastante alterado, se mostró un tanto agresivo con el interlocutor que había irrumpido en su diálogo con la Razón.
“¡Memoria! Nadie te ha dado vela en este entierro. Tu función se limita a recordar y a olvidar”.
“Pues precisamente.” Insistió la memoria. “He venido a recordaros que esta situación ya se dio hace dos años, poco antes de que al padre de Lanka lo cambiaran de destino y empezaran una nueva vida en esta ciudad. Por aquel entonces Lanka se quedó sin chico y sin amiga”.
“Vaya” musitó la Razón pensativa. “¿Y aún lo recuerda?”
Y todos quedaron en silencio.
“Debería quedarse con el chico. Debería dejar a la amiga, total, seguro que es una estúpida de ésas inaguantables que sólo piensan en trapos. O mejor, que la hunda en la miseria, que haga correr la voz por el instituto de que es una zorra, igual con suerte se suicida y ¡zas! Vía libre”.
“Pero, ¿quién ha dicho eso?” Preguntó el Corazón rojo de ira. “¿Has sido tú, Razón?”
La voz parecía la suya.
“No, yo no he sido, lo juro”. Se apresuró a decir la Razón.
Entonces se oyó una risilla desquiciada: “jijiji”.
“¡¡Sinrazón!!” Gritó el Corazón. “Te dije que la tuvieras controlada, ¿cómo se te ha podido escapar?”
“Yo... No sé...” Balbuceó la Razón. “Enseguida me ocupo de ella”.
Un buen rato después la Razón volvió acalorada. Había podido dominar a la Sinrazón, aunque no sabía por cuánto tiempo. El Corazón estaba furioso, pero ante todo estaba preocupado, tanto que casi se había olvidado de que estaba enamorado.
“Bien, tenemos que hacer algo y rápido”.
“Propongo una idea” dijo la Razón: “que Lanka hable con su amiga. Que le diga lo que siente por su chico”.
“Ummm, la amiga se va a enfadar.” Auguró el Corazón.
“Me pediste que fuera egoísta”. Dijo la Razón. “Pues adelante. Que Lanka sea sincera con su amiga, que le diga que está enamorada de un chico, como hubiera hecho en cualquier otro caso, que le confiese que ese chico es SU chico y que espere la reacción de su amiga. Con esta prueba Lanka medirá el calibre de la amistad: si su amiga es comprensiva, debería quedarse con la amiga; si no lo es, debería quedarse con el chico”.
El Corazón se quedó boquiabierto.
“Sorprendente para tratarse de la Razón de una chica de diecisiete años”.
“¿Entonces?”
“Por mí está bien, si nadie se pronuncia en contra...”
Pero ninguno de los sentimientos lo hizo, ni los positivos ni los negativos, la Esperanza se dejó notar con un leve asentimiento, por tanto la propuesta de la Razón fue aprobada.
Por una vez en la vida la razón y el corazón se ponían de acuerdo.
...
Lanka, que seguía tumbada en la cama, dio un gran suspiro, se secó las lágrimas y dejó por fin de llorar.
July 03 Su sonrisa, congelada, me incitaba a besarloSu sonrisa, congelada, me incitaba a besarlo. Me atraían sus pómulos huesudos, sus sensuales y carnosos labios agrietados, sus ojos hundidos y huidizos... Cuando no bebía era encantador, aunque últimamente era difícil verlo sobrio.
Sabía que me quería, que me adoraba, porque a pesar de todo siempre volvía. Él no quería hacerme daño, se arrepentía, mis heridas le dolían más a él que a mí, mis magulladuras eran como pedazos de carne arrancados de sus propias entrañas. No, lo sé, él me quería, sufría por mí, todo lo hacía por mi bien.
La gente pretendía confundirme con extrañas ideas, intentando disuadirme de su amor por mí, incluso mi propia familia intentó volverme contra él, ¿es que nadie podía comprender que estábamos hechos el uno para el otro, que éramos uña y carne, que él no era nadie sin mí y yo no era nada sin él?
La gente, la gente repetía sin cesar que él no me quería, que un hombre no pega a una mujer, que un hombre tiene atenciones con la mujer a la que ama. Me decían que él no era cariñoso conmigo.
Pero hoy, hoy les he demostrado que se equivocaban. Hoy vino a pedirme perdón arrepentido. Hoy se arrodilló frente a mí. Hoy lloró. Hoy me dijo cuánto me quería. Y hoy me trajo flores. ¿Qué hombre que no ama a su mujer hace eso por ella?
Por eso nunca permitiré que nadie diga lo contrario. Hoy he visto su sonrisa congelada que tanto me incitaba a besarlo. Se ha arrodillado, ha tocado la losa, aquella en la que había mandado grabar “para mi fiel y devota esposa” y ha depositado sobre ella un precioso ramo de rosas rojas.
June 26 Ella era mi salvaciónLa inspiración me la ha traído la inseparable amiga de una gallega por cuyo espacio me paseo de vez en cuando. Espero que tanto a ella como a Miss Oli no les importe la licencia que me he permitido a su costa.
Ella era mi salvación, lo estuvo siendo durante mucho tiempo, pero lo que pocos saben es que hoy podría ser la salvación de muchos. Bueno, estoy divagando y me temo que he empezado a contar la historia por el final, así que empezaré por el principio. Me costó mucho salir del hoyo en el que estaba metido. Claro que si quiero ser sincero conmigo mismo tendré que ser sincero con los demás. No fui yo quien salió, me sacó ella. El caso es que estaba desesperado, ¿quién no lo estaría en mi lugar? Me habían echado del trabajo: reducción de personal; tampoco es que fuera un gran trabajo, pero yo no valía para mucho más. Habían pasado tres meses desde el divorcio, veía a la pequeña cada dos fines de semana, pero en cuanto Marta se enterara de que ya no había paga se acabarían las visitas.
Llegué a la pensión con la única intención de echarme en el desvencijado colchón de mi cama y dormir hasta el día siguiente. Ramón, el dueño del hotelucho, me salió al paso y con su apático rostro de costumbre me entregó un papel arrugado y manchado. Al parecer lo había estado manoseando y no había podido interpretarlo. No tenía luces para más. Seguramente pensaba que todo aquél que llevaba corbata estaba preparado intelectualmente para entender un documento que traía el sello del ministerio de sanidad.
En resumen, el documento indicaba el plazo de un mes para el desalojo total del inmueble por incumplimiento de un sinfín de normas sanitarias. Es decir, que a mis penurias se añadía también la de quedarme sin techo.
Salí a respirar aire fresco y entonces se me ocurrió la idea: comprar una pistola. Era mucho más rápido que cortarse las venas o envenenarse, más indoloro que ahorcarse o tirarse a un río y menos peligroso para el vecindario que asfixiarse con gas. Pero no tenía licencia, sería difícil conseguir un arma. Y me pregunté porqué diablos cuando uno piensa en suicidarse de repente se vuelve tan lúcida su mente, ya que de nuevo encontré la solución: en una casa de empeños las habrá y me la venderán sin rechistar.
Ni siquiera llegué a preguntar. Aquella Underwood me atrajo como si tuviera vida propia. Tampoco sé lo que me llamó la atención de aquella máquina de escribir, hacía millones de años que no usaba una, en el trabajo todo lo hacíamos con ordenador. El dependiente me pidió doscientos euros por ella. Le pagué sin regateos, todavía hoy me estremezco al pensar cómo desembolsé aquella cantidad por ese trasto viejo conociendo la estrechez económica por la que iba a pasar.
Salí de la tienda sin acordarme para qué había ido, pero enormemente satisfecho con mi adquisición. En cuanto llegué a la pensión me instalé en el escritorio ansioso por estrenar la máquina. Le faltaba la letra C, problema temporal que acabó arreglándose usando la Z y la K en su lugar. No me gustaba demasiado la solución, siendo tan pulcro con la ortografía como solía serlo, pero era un caso de fuerza mayor.
Lo primero que escribí fue una carta dirigida a la seguridad social. En ella informaba que la empresa donde había trabajado estaba dedicándose a cursar una serie de despidos improcedentes con el fin de contratar a inmigrantes que realizaban el mismo trabajo por mucho menos dinero. La verdad es que no tenía absolutamente ninguna prueba de ello, pero seguro que el departamento de personal tendría que dar más de una explicación. Firmé la carta como Mr. Underwood.
Lo que ocurrió después me costó de digerir. Una semana más tarde se anunciaba en el periódico el cierre de mi empresa por el mismo motivo que yo había indicado en mi carta. La seguridad social había enviado una inspección y al parecer la sospecha era cierta. El escándalo había obligado a la clausura temporal del negocio y se hablaba también de posibles indemnizaciones al personal despedido. Mi corazón latía desbocado.
Aquella noche volví a colocar papel en la máquina. Mis dedos parecían ir solos: “Estimado señor juez, ruego reconsidere el asunto de la custodia de mi hija valorando los siguientes aspectos: mi mujer no es una buena madre, creo que mi hija no está atendida correctamente, etc., etc.”
Lo cierto es que poco después de haber enviado la carta pensé que me había vuelto loco de verdad, miré a la máquina de escribir y le eché la culpa, después de eso me bebí una botella de whisky entera y dormí la mona hasta el día siguiente.
Unos días después me llamó mi abogado. El corazón me dio un vuelco. Lo que me dijo era de locos. La policía había detenido a mi mujer por prostitución, mi hija estaba ahora con sus abuelos. Sabía que lo mío estaba crudo porque me había quedado sin trabajo y vivía en una pensión, pero en cuanto pudiera solucionar ambas cosas tenía muchas posibilidades de quedarme con la custodia de la niña.
Me senté frente a la Underwood, me incliné y le di un sonoro beso, allí donde faltaba la C. Entonces puse otro papel y empecé a escribir con desenfreno. Mientras tecleaba pensaba, pensaba que todo lo malo que había escrito se había cumplido, pero no quería hacer más daño. “Esta vez no, maquinita, esta vez vamos a portarnos bien”. Así que la máquina y yo redactamos una carta destinada al ministerio de sanidad donde alabábamos las virtudes de don Ramón Hernández y de la pensión que regentaba, que si bien no era muy limpia, sus clientes estaban muy contentos porque se les trataba con humanidad, con dignidad y con respeto.
Y poco después una carta del ministerio de sanidad le concedía a don Ramón Hernández un plazo de seis meses para rehabilitar el edificio.
El tiempo pasó deprisa, casi sin darme cuenta porque estaba siempre ocupado, bueno, estábamos, Underwood y yo: pedimos ayudas al ministerio de educación para el colegio donde estudiaba mi hija y conseguimos ordenadores nuevos para el aula de informática. También logramos que el asilo de ancianos contara con un médico interno. Y así fue como mi vida cambió radicalmente, pasando de ser un miserable desahuciado sin vida a convertirme en el temido justiciero de la celulosa.
En fin, esto es todo lo que tenía que contar, ella me salvó la vida y juntos vamos a salvar la de muchos. Underwood tiene algo mágico, si de mí depende aprovechar su magia lo haré sin protestar. Mi pequeña por ahora se quedará con sus abuelos, es lo mejor, yo tengo que seguir escribiendo cartas, nos quedan tantas que enviar, a todos los mandatarios de las grandes potencias mundiales, al Vaticano, a la ONU, tenemos que salvar las ballenas, las zarigüeyas, el Amazonas, los desiertos y el fondo del mar, las guerras deben acabarse, y el hambre, y el racismo, y la xenofobia, y la violencia... ¿De qué organismo dependerán la hipocresía y la intolerancia? Bueno, no importa, ya lo descubriremos, el caso es que el mundo está ahora en nuestras manos... Vamos allá Underwood, ¿cómo estás de tinta?
June 12 Encontré escenarios de coloresEncontré escenarios de colores y sentimientos en blanco y negro, por lo que ningún lugar me parecía apropiado para establecerme. Las pocas compañeras que aún me apoyaban con fidelidad, después de los duros acontecimientos que me habían obligado a abandonar mi hogar, me habían recomendado viajar hacia el norte, allí pasaría desapercibida, tanto más cuanto más ascendiera. Habían pasado casi seis meses desde la reunión del consejo y la decisión por consenso de mi expulsión. Acababa de llegar a Alemania y me veía gratamente sorprendida por las inmensas extensiones de boscaje, las escarpadas cordilleras coronadas de nieve, la intensidad del verde de los prados infinitos, paisajes bucólicos que nada tenían que ver con el verde mortecino y apagado de la vegetación casi consumida de España. Sin embargo, a pesar de aquella explosión de colorido, la frialdad de los alemanes me despertó la nostalgia del calor de mi país.
Decidí seguir subiendo. Viajé por Suecia, Noruega y finalmente decidí afincarme en Reykiavik. Sí, aquel pintaba un buen sitio para fijar mi morada definitiva. Y al contrario que los alemanes y, a pesar de que el frío era mucho más intenso, la acogida fue mucho más cálida.
Había pasado casi un año de mi partida y, aun habiéndome habituado a las costumbres de aquel nuevo país, aunque sin ánimo de olvidar mis arraigos, aquella carta certificada que recibí con el matasellos de España me produjo un enorme vuelco en mi interior. La abrí con precipitación, sin preocuparme en resguardar el sobre.
“Estimada letra K…”
De repente me vinieron tantas cosas a la cabeza: mis responsabilidades en la academia, que siempre había pensado que eran pocas, mis debates con otras letras que pensaban que aún eran menos útiles que yo… Recordaba con deleite el sosiego del pasar de los días hasta la llegada de aquel periódico en el que se anunciaba una noticia que cambió nuestras vidas.
Bueno, el texto exacto, aunque lo leí muchas veces, no lo recordaba con exactitud, había pasado mucho tiempo, pero hablaba del uso masivo que los jóvenes estaban haciendo de la letra K y de la letra X en mensajes de móvil, en e-mails, incluso en sus tareas cotidianas escritas, y que la cosa se estaba agravando porque el problema había trascendido también a adultos, que estaban adoptando también la moda. Además del uso indebido de dichas letras se abreviaba también eliminando las vocales, se cambiaba la B por la V y viceversa, etc.
El caso es que el consejo alfabético, que estaba formado por todas las letras del abecedario, tuvo que reunirse para tomar una determinación e intentar frenar aquella bacanal lingüística y, como medida cautelar, se sugirió que las letras susceptibles de provocar a los humanos (en el caso particular de la lengua castellana la K y la X) fueran eliminadas temporalmente del abecedario. Evidentemente la propuesta causó una gran polémica que fue debatida durante varios días, pero que al final, al tener que ser sometida por votación, fue aprobada por mayoría. Ni la X ni yo, al tener tan poco uso en el idioma castellano, teníamos demasiadas partidarias entre nuestras compañeras.
Nuestras pocas amigas, las letras Ñ, Y, W, Z nos despidieron con tristeza y nos dieron algunos sabios consejos como viajar a tierras con idiomas que nos usaran mucho, por eso la X partió a tierras anglosajonas y yo a tierras nórdicas.
“Estimada letra K…” releí volviendo a la carta.
“Hemos echado muy en falta tu presencia en la academia. Ha sido un largo y duro año durante el cual nos hemos tenido que enfrentar a una grave crisis lingüística. La solución provisional propuesta no ha funcionado. Ante la ausencia la gente ha dejado de usar la K y la X en sus escritos, pero sigue empleando otros vicios a cual más atroz y abominable. La lengua castellana es una verdadera catástrofe en estos momentos, pero amén de este problema se añaden otros, y es que nuestro idioma no puede subsistir sin palabras como kilómetro, ketchup, kárate o kiosco. Y otro tanto ocurre con la letra X, a quien también hemos puesto en conocimiento el asunto que nos trae entre manos. Por todo esto y, con la esperanza de que aceptes nuestras más sinceras disculpas, te pedimos con humildad que vuelvas a la academia para seguir con la labor que hasta ahora tan bien has desempeñado en nuestra amada lengua, deseando de todo corazón que pronto volvamos a estar reunidas las veintisiete. El problema del mal uso por parte de los humanos de la lengua castellana, evidentemente, no se va a resolver con nuestro desmembramiento, sentimos no habernos dado cuenta de que es ahora, en estos momentos de crisis, cuando más necesitamos que nuestra unidad sea invulnerable.
Firmado: Letra A y Letra Z (presidentas del Consejo Alfabético)”
Y… ¿Qué hubierais hecho en mi lugar? Yo sinceramente preferí aventurarme a volver a los escenarios monocromos de mi tierra con la esperanza de encontrarme con sentimientos de un arco-iris de colores.
June 05 La luz luchaba por hacerse un huecoLa luz luchaba por hacerse un hueco entre la humareda de aquel tugurio. En el centro de la salita por la que se accedía a la casa había una mesa redonda alrededor de la cual cuatro momias discutían por los puntos de la última ronda. Todas quedaron en silencio al verme pasar y me escrutaron con sus pequeños ojillos enrojecidos por el humo. Una de ellas exhaló otra calada a la nube de nicotina que flotaba a ras del techo. Otra tomó un sonoro sorbo de licor con sus trémulos y arrugados labios. La luz vibró unos instantes oscureciendo aún más la estancia. Me miraron con odio. Yo las miré con repugnancia.
Seguí a la dueña de la casa, una cuarentona, seguramente divorciada, sin hijos. Yo le habría echado un buen polvo, aunque no estaba allí para eso. Vivía con su madre y, como la casa era de su madre, se había traído a sus amigas indefinidamente. Nancy Winters, la cuarentona, me guió hasta la cocina, allí los graznidos de las viejas eran prácticamente inaudibles.
La mujer se derrumbó. No sé porqué mis clientes siempre se derrumban, no soy un psicólogo de esos a los que la gente les cuenta sus malos pensamientos o sus vicios y automáticamente se siente mejor. Me dijo que ya no podía soportarlas, que no la dejaban vivir, que hacían mucho ruido por el día y por la noche, que era insoportable y que acabarían volviéndola loca. Me pedía comprensión.
No necesitaba explicaciones, sólo tenía que pagarme lo convenido y acabaría con sus problemas para siempre, con aquellos, por supuesto, que estuvieran al alcance de mi mano.
Me llamo Joe Leguizamo y me gusta matar. No me enorgullezco de ser un buen chico, al contrario, sé que no iré al cielo, pero soy muy bueno en lo que hago y me pagan bien por hacerlo. Algunos dicen que estoy loco porque disfruto matando, y encima me gano la vida con ello. ¡Es cojonudo! Empecé muy joven a darme cuenta de que aquello me gustaba. Mis víctimas siempre han seguido el mismo patrón. Nunca elijo otro tipo. Si algún cliente me hace otra proposición siempre la rechazo, por muy bien que me quiera pagar. Así soy yo, un poco raro, pero soy el mejor.
Como iba diciendo, empecé muy joven a matar, las cogía viejas porque eran lentas, las estrangulaba con mis propias manos mientras me miraban con sus pequeños ojos rojizos intentando chillar hasta que se les escapaba la vida entre mis dedos. Luego me fui sofisticando. Asesinatos colectivos, todas juntas, encerradas en un cuarto, sellados todos los respiraderos menos uno por donde se enchufa una manguera con gas. La estancia debe tener alguna ventana de cristal para ver como se ahogan, como se retuercen y perecen. Muchas veces entro antes de tiempo, con la esperanza de que quede alguna con vida y así poder machacarle la cabeza con la bota...
Con la señora Winters había convenido que lo haríamos en el sótano, a las seis de la mañana, me había dado una llave para poder entrar en la casa. Aparqué la furgoneta justo delante de la entrada. Bajé frotándome las manos, aún no había amanecido y había refrescado bastante. La calle estaba desierta. Descargué de la parte de atrás la bombona con el gas y las mangueras y todo lo necesario y me dirigí hacia la casa. Entonces vi lo que habían hecho los chicos del barrio por enésima vez. De nuevo tendría que pasarme el fin de semana dándole con el disolvente al rótulo de la furgoneta, habían tapado con spray negro la E y la X y en lugar de JOE LEGUIZAMO, EXTERMINADOR DE RATAS se leía JOE LEGUIZAMO, TERMINADOR DE RATAS.
Así es, la señora Winters tenía una bonita plaga de ratas en el sótano de su casa de la que yo le iba a librar...
¿Acaso alguien había pensado que iba a cargarme a aquellas adorables ancianitas?
...
En todo caso alguien debería buscar ayuda de un profesional.
May 29 Desde lo más profundo del infiernoDesde lo más profundo del infierno, surgió una llamarada de amor y ésa es la razón por la que tuve que dejarte. Está bien, llámame egoísta, tienes toda la razón, únicamente busco una justificación para quitarme parte de mi culpa y sentirme más satisfecha, ¿es lo que quieres oír? No pretendas convencerme de que te dejé por otro, él apareció mucho después de que tomara mi decisión de dejarte. Tú siempre fuiste algo especial, nadie como tú supo escucharme cuando estaba triste, cuando estaba alegre, cuando estaba indecisa; fuiste mi refugio, mi lecho, cuántas cosas me habría perdido sin ti. Tuvimos una bonita historia, ¡éramos tan aventureros! Tú, yo, el asfalto… Cuánto mundo conocido que nadie nos tendrá que contar, cuántas experiencias nuevas, cuántas historias de asiento trasero que jamás serán contadas… Seis años juntos que pasaron volando. Pero después llegó el frío, y empecé a notar la sensación de cuidar de ti sin ganas. Cosa que además se convirtió en un hecho: no podía cuidar de ti. Y me di cuenta de que la gente, sin saber porqué, había empezado a odiarte y quería hacerte daño, pero daño físico. El día que te encontré lleno de arañazos, desgarrado, ¡Dios! Casi me muero. No podía comprender qué habíamos hecho para que nos pasara esto. Perdóname, vuelvo a ser egoísta, sólo quiero pensar en mi sufrimiento, ni siquiera se me ocurre pensar en el tuyo, ¿ves cómo soy? ¿Comprendes por qué vas a estar mejor sin mí? Recuerdo ese día en la comisaría, cómo mis ojos huían de ti, sabía que si te miraba, si te veía tan demacrado, me desmoronaría sin remedio y adiós a la dura y fría mujer que siempre he aparentado ser ante los demás.
¿Que cómo me va ahora? Fíjate en lo irónico del asunto. Fue tu encanto francés el que me enamoró, y me ha vuelto a pasar lo mismo. Bueno, tú a él ya lo conoces de sobra, es un paisano tuyo. Tiene mucho carisma, o sex-appeal, como dicen ahora, es atractivo, nos miran por la calle cuando vamos juntos… ¿Qué quieres que te diga? Él tiene todo lo que tú nunca tuviste ni tendrás. Y no estoy pretendiendo ser cruel, tan solo soy realista. Acéptalo, nuestros últimos días fueron un infierno, es mejor dejarlo todo como está.
No prometo echarte de menos, pero te aseguro que tendrás un espacio tan grande en mi corazón como el que tú siempre tuviste para mí.
...
ADIOS, VIEJO AMIGO
HOLA, NUEVO AMIGO
Pido disculpas por haberme aprovechado del Cuentacuentos para hacer esta "broma", estoy muy contenta con el estreno y he dejado el viejo coche en buenas manos. May 21 Voy a contarte un secreto...Voy a contarte un secreto, espero que sepas guardarlo. Al lugar al que te llevo las personas recién vuelven de tener un pie en la tumba, casi nunca son conscientes de quién son o de dónde están. He de decirte que a menudo sufren, muchos padecen enfermedades terribles que han borrado sus recuerdos, otros sienten sus cuerpos impotentes ante la imposibilidad de movimiento, sus manos se doblan como ganchos incapaces de poder sujetar una simple cuchara. Lo peor de todo es que muy poquita gente los quiere, algunas enfermeras que los cuidan y los miman sin mucho afán.
Pero déjame que te cuente que con el tiempo las personas van recuperando fuerzas y la memoria poco a poco vuelve, y vuelven las fuerzas y las ganas de vivir, y las risas, y esos largos viajes en autobús, e inacabables sesiones de baile con música anticuada... Y entonces la conoces a ella: sabes que no es un amor apasionado, pero tu corazón te dice que va a ser la mujer de tu vida. Te sonríe con millones de arrugas surcando su cara y a partir de ese día no se separará de ti.
El tiempo pasa, aprendes a conducir y consigues un Mercedes porque alguien se ha preocupado de que volvieras de tu tumba con una pensión sustanciosa, pero entonces se acaba lo bueno y tienes que empezar a trabajar, tranquilo, no todo es tan malo, director de banca, nada más y nada menos, vacaciones en septiembre, crucero por las islas griegas... Al volver descubres que tienes nietos, incluso hijos.
Recuerdas el día que le pides que se case contigo. Recuerdas el brillo de sus ojos. Estás locamente enamorado. Darías todo cuanto fuera por ella. Y la miras y cada día está más bella. Y no existe remedio milagroso contra las arrugas ni cirugía que lo solucione porque el tiempo cura las arrugas y sois cada vez más jóvenes, vuestros huesos más fuertes... ¿y vuestro espíritu?
El tiempo va a pasar volando. Habrás vivido miles de experiencias enriquecedoras. Ahora tienes veinte años. Estás en la flor de tu vida. Estás en la universidad. Ya no tienes coche, ya no tienes ese formidable trabajo que tenías, has perdido a muchos de los amigos que encontraste por el camino, ella ya no está... Te sientes tan solo como al principio, te sientes tan inseguro... Te planteas si vale la pena continuar... ¿Me lo preguntas a mí? ¿Quieres que te siga contando lo que te espera en este mundo secreto?
. . .
Me alegra que hayas tomado esa decisión, no te arrepentirás. Pues entonces no me queda otra que contarte que en este mundo no vas a tener más remedio que seguir empequeñeciendo, pero no te preocupes porque a tu lado van a estar tus padres, ah, ¿que no te he hablado de ellos? Aparecieron hace ya bastantes años atrás, pero me da que es ahora cuando más importantes son, sobretodo mamá. La verdad es que ahora viene una época un poco chunga. Es cuando te empeñas en distanciarte de todos, nadie ha conseguido explicarse todavía porqué pasa esto. Dicen que son cosas de las hormonas. Pero no te preocupes porque son unos cuantos añitos nada más, entonces tu cuerpo de hombre se pierde y te conviertes en un niño y viene quizás la época más divertida de tu existencia, sobretodo porque todos te quieren, te lo consienten todo y te hacen regalos, y además desean el contacto contigo, el beso y el abrazo, aunque tu a menudo lo rechaces.
Llegará un momento en que empezarás a dejar de tener consciencia de las cosas, pero no te preocupes, no sentirás dolor, además, la gente de tu entorno te seguirá queriendo igual o más, no será como al principio cuando el afecto era fingido a cambio de un sueldo. Papá y mamá estarán siempre ahí, sobretodo mamá, a ella siempre la tendrás presente.
El final de todo es un poco extraño, pero te lo he de contar porque es importante: cuando todos, absolutamente todos tus recuerdos hayan desaparecido por completo te introducirás en el seno de tu madre. Nadie sabe aún si es doloroso, algunos dicen que sí, pero no te preocupes porque una vez dentro vas a estar muy muy bien, sentirás tanta paz que querrás estar para siempre así. Quizás oigas las voces de mamá de vez en cuando, raras veces la de otra gente, y poco a poco, muy poco a poco, te irás extinguiendo dulcemente hasta llegar hasta el justo momento en que fuiste engendrado en un acto de puro amor.
Y eso es todo, si quieres te llevo a ese lugar pero, ¿prometes guardarme el secreto?
Dedicado a KIKO que estará haciendo rabiar a los angelitos.
May 15 Ella se perdió entre la multitud...Ella se perdió entre la multitud como se pierde una lágrima entre la lluvia. Quería desaparecer, perdida entre la frondosidad de su bosque encantado, arropada por la protección de sus viejas ramas de recuerdos ocultos. Caminaba en línea recta, sorteando a la gente lo justo para poder pasar ella y su pesada maleta con ruedas donde guardaba todo el mundo que había compartido con él. Repasó mentalmente la carta que había dejado sobre la mesa de la cocina, aquella en la que le explicaba lo mucho que lo quería y las razones por las que tenía que dejarlo. Sintió aquella especie de vacío que se produce en el estómago cuando piensas que has pasado algo por alto, aunque no recuerdas qué. No, no había omitido nada, al menos inintencionadamente. La estación estaba muy concurrida. Encontró uno de los fríos asientos metálicos vacíos y se desplomó sobre él. Se le habían vuelto a hinchar los tobillos. En el panel aparecía su tren anunciado, pero aún no tenía vía asignada. ¿Qué les había pasado? ¿Dónde había ido a parar la ilusión con la que habían empezado? Se conocían prácticamente desde niños, habían pasado una vida entera juntos, ella había sido su primera amiga cuando él llegó tímido, casi sin sombra, al colegio donde ella llevaba desde el principio. Se contaron sus primeros noviazgos, sus primeras rupturas, se separaron después para volverse a encontrar en su primer piso compartido con otros estudiantes cuando empezaron en la universidad... Ninguno de los dos conocía con seguridad el momento exacto en que se enamoraron. Miró el reloj. Él ya habría llegado a casa y estaría leyendo la carta. No estaba pretendiendo someterlo a un ultimátum, ella ya había tomado la decisión por él. Echó un vistazo alrededor. A pocos metros había un puesto de cafés. Se moría por uno pero temía perder su asiento. Se aguantó las ganas. Él siempre fue unos pasos por delante de ella, pero eso nunca importó, ninguno de los dos tuvo reproches con el otro por ello, ella siempre se sintió orgullosa y él satisfecho consigo mismo. Poco después de que él terminara sus estudios de arquitectura consiguió un trabajo que les permitió encontrar apartamento para ellos dos. Ella aún tardó un año en acabar su ingeniería. El panel anunció la vía y hora de salida de su tren. Aún tenía media hora. Entonces sí que se decidió por ese café que tenía pendiente. Ella llevaba tres años trabajando para una empresa eléctrica. El sueldo era modesto pero el empleo era estable. Él trabajaba para una gran empresa de prestigio y por fin habían podido permitirse pasar del apartamento alquilado a una casa en propiedad, pero el trabajo le dejaba muy poco tiempo libre, por eso a ambos les encantaba madrugar y tomar largos desayunos con café, tostadas y periódico, porque ya no podrían hablar de sus cosas hasta la noche. Y fue en uno de esos desayunos que ella decidió darle la noticia de su estado, sin saber a ciencia cierta si para él iba a ser una buena nueva o no. Sin embargo no hubo tiempo para ello cuando él se adelantó anunciando que su empresa lo enviaba a Estados Unidos, ya que había asumido el proyecto de construcción de un gran rascacielos que lo tendría más de un año ausente. Él se iba de su lado con confianza, ella esperaría, supuso él, pero el brillo de sus ojos delataba su ambición, y ella no podía luchar contra eso. Una semana tardó en tomar su decisión. Ella arrastró con pesadez la maleta hacía el andén. Él ya debía haber acabado la carta hacía rato. En ella sentía decirle que ya no tenían intereses comunes y que le parecía absurdo que ninguno de los dos se viera sometido a la voluntad del otro. Sintió tantas veces no haberle contado que llevaba a su hijo en sus entrañas, pero ¿quién era ella para poner diques al mar? Así que en el fondo estaba tomando la mejor decisión para ambos, cada uno acabaría teniendo lo que quería. El altavoz anunció la partida inminente de su tren. Ella volvió su rostro hacia la multitud. Se despidió de la ciudad, de los días felices, se despidió de él...
Él apareció entre la multitud y la encontró como quien encuentra una lágrima entre miles de gotas de lluvia, la abrazó y besando el vientre que contenía el fruto de su amor suplicó, rogó, lloró por quedarse con lo único que de verdad merecía la pena.
May 08 Como siempre dicenComo siempre dicen, las cosas no tienen el mismo valor para unos que para otros, es algo así como la teoría de la relatividad de Einstein pero aplicada en plan abuelo cebolleta: para el que está acostumbrado a ir en bicicleta a todas partes le puede suponer un enorme cambio positivo que le den las llaves de una moto, imagínate ya de un coche. Ya no hablo de un cochazo, no hace falta que sea un Mercedes, ni siquiera hace falta que sea un coche en sí, con uno de esos de los que no necesitas carné es suficiente. De repente todo es la leche, te metes en el pueblo de al lado en pocos minutos, encima si llueve no te mojas, fíjate con qué tontería le cambias la vida a una persona... Y ahora veamos el caso desde el otro extremo: el del Mercedes al que le cambias su cochazo por un cochecito sin carné... Una ruina. Eso es la relatividad del valor de las cosas...
Pedro llevaba una pésima racha últimamente. Había tenido que ir dos veces en el mismo mes al colegio de su hijo mayor a hablar con el director porque el rendimiento del chaval estaba bajando y si seguía así lo iba a tener que sacar del equipo de polo. Y también estaba lo de su promoción, no le quería dar importancia porque él estaba satisfecho con su trabajo, pero serían unos tres o cuatrocientos euros más de sueldo al mes, aunque lo que más le fastidiaría, mucho más que el dinero, es que propusieran al imbécil de Ismael para el ascenso. Se afeitó sólo las mejillas y se dejó la perilla porque se le hacía un poco tarde. Aún era joven y no le quedaba mal. Aquella semana había llegado tres veces con retraso y no quería que le dieran un toque. Su superior era un obseso con el tema de la puntualidad. Su mujer estaba en el office de la cocina tomando un desayuno ligero. A los pies de su taburete reposaba una bolsa de deporte de la que sobresalía el mango de una raqueta de tenis. Ella había dejado su trabajo en una tienda de cosmética tras quedar embarazada del mayor. Le dio un beso en la frente antes de salir. -¿No tomas nada?- le preguntó. -Se me hace tarde.- dijo él y salió disparado. Desde la puerta le gritó a su mujer: -No olvides llamar al técnico para que venga a solucionar lo de la piscina. -Tranquilo, lo haré.- dijo ella sin levantar la cabeza del periódico. El motor del Volvo rugió calle abajo por el tranquilo barrio residencial. Afortunadamente la empresa donde trabajaba no estaba en el centro y si el tráfico estaba fluido en veinte o veinticinco minutos estaría entrando en el parking. Llegaría casi a tiempo, nada grave. Hoy recibían la visita de un importante cliente holandés, precisamente a primera hora, si el cliente llegaba antes que él podía ponerse a rezar... Miró su Cartier. Pisó el acelerador y la varilla subió tres decenas de kilómetros en el marcador. A pocos kilómetros del trabajo le pareció distinguir el sonido de una sirena. Disminuyó la velocidad y se colocó en el carril de la derecha. Por el retrovisor divisó los destellos azules de un coche patrulla. Conservó la calma confiando en que la cosa no fuese con él, pero lamentablemente sí que iba con él, así que tras ponerse a su izquierda en paralelo, el acompañante del vehículo de tráfico le indicó que se detuviera en el arcén. Pedro lanzó unas cuantas blasfemias para sí mismo y obedeció. Entregó la documentación cuando se la pidieron sin rechistar y volvió a mirar su caro reloj cuando la mujer agente de tráfico se retiró a comprobar los datos de los documentos. -¿Va a tardar mucho? Tengo un poco de prisa.- masculló Pedro nervioso dirigiéndose al agente que se había quedado de pie junto al Volvo. -Comprobaremos los datos y si todo está correcto le aplicaremos la sanción correspondiente por exceso de velocidad y podrá usted irse. A unos metros podía oír a la mujer guardia repitiendo el número de su matrícula. Notaba la espalda pegada al respaldo de cuero. Mierda, iba a llegar tarde y encima empapado en sudor. Allí parado parecía que los coches pasaban a velocidades incalculables. Seguro que algunos se volvían a mirar con sonrisas de estúpidos pensando: “mira, ya han cazado a ese gilipollas”. Joder, ¿y si pasaba alguien del trabajo? Menudo cachondeíto después en la oficina. Bueno, no hay mal que por bien no venga, por lo menos ya tenía la excusa para llegar tarde al trabajo. Pero el cliente... Qué mala imagen. Y esa zorra, ¿por qué tardaba tanto? El agente que estaba a su lado pareció leerle el pensamiento. -Carmen, ¿cómo lo llevas? -Me dicen que tienen la red saturada.- gritó la mujer uniformada desde el vehículo de tráfico. -Tardarán un poquito. Pedro se retrepó en el asiento. Paciencia. ¿Qué decía el terapeuta? Que nada tiene la gravedad que nosotros le damos. Que si no se puede tener cuatro hay que aprender a ser feliz con dos. La verdad es que no sé muy bien si estos consejos se pueden aplicar en este caso... -¿Puedo bajar del coche? -Mejor que no.- contestó el agente. -Necesito fumar. Mi mujer no me permite fumar en el coche. -Aguarde un poco. Será sólo un momento. Pedro desabrochó el cinturón. Tenía la frente perlada de sudor y estaba pálido. Instintivamente abrió la puerta y lentamente se bajó del vehículo. El agente se había distraído con su compañera. Se dio la vuelta y reprendió a Pedro, pero éste reaccionó de manera completamente insospechada. -Está bien, lo he comprendido.- dijo sin alterar la voz. –A partir de ahora voy a ser feliz con lo que tengo, y si pierdo el trabajo, seré feliz con el que me den. Y si tengo que esperar dos horas a que comprueben la puta matrícula de mi coche esperaré, lo he comprendido. He comprendido que si en lugar de tener quince trajes sólo tengo dos no me quedaré calvo pensando cuál me pongo hoy. He comprendido que si en lugar de conducir un Volvo conduzco una camioneta no me tendré que preocupar por las rayas o abollones que le hagan en el parking. -Tranquilícese, por favor.- dijo el guardia alzando las manos. Su compañera, parapetada tras el coche patrulla arqueó las cejas confusa. -Ahora me gustaría llamar a mi esposa para saber si me aceptará si no puedo ofrecerle un chalet con piscina y clases de tenis, y a mi hijo para saber si me querrá igual si lo llevo a un colegio que no tenga equipo de polo, y a mi hija para saber si seguirá siendo mi niñita aunque ya no vaya a ser bailarina... -Pero, no sea usted tan pesimista...- empezó a decir el agente. Entonces, nadie sabe muy bien cómo ocurrió, sólo el narrador, que lo sabe todo y por eso se permite el lujo de contarlo todo con tanto detalle. La agente recibió confirmación de la matrícula, todo estaba correcto. El guardia se dio cuenta de que había olvidado su bloc de multas en el salpicadero, pero nunca llegó a sospechar que al darle la espalda a Pedro le estaba entregando la vida. Con una extraña habilidad que nadie se explica dónde aprendió introdujo la mano y desabrochó el cierre de la pistolera, sacó el arma y la levantó justo a tiempo para meterle una bala al agente entre ceja y ceja. ¡Pum! Y cayó como un plomo. Y la mujer aferró su revólver con ambas manos y ¡pum! Y Pedro cayó como un plomo.
March 20 Era verano, hacía calor y acababa de enamorarseEra verano, hacía calor y acababa de enamorarse. Siempre hacía lo mismo. Acababa enamorándose del primer tipo que era capaz de impresionarla. ¿Tan aburrida era la vida para tener esa necesidad? Lo cierto es que este último se había ganado a pulso el título de impresionista real. Ella volvía del trabajo. Rutina, dichosa rutina, cómo la odiaba. Conducía su Golf por la serpenteante carretera que se sabía de memoria.
Él cayó del cielo. Ella hincó el pie en el freno cuando aquella maraña de tela se abalanzó sobre su capó. Los neumáticos dejaron atrás varios metros de trazos de alma de caucho sobre el asfalto. Él surgió de entre los vuelos de brillantes colores como el pistilo de una flor en eclosión. Ella bajó veloz del vehículo sin reparar en poner siquiera el freno de mano, menos aún en quitar la llave del contacto. Entre los dos recogieron con prisas el paracaídas que el viento azotaba empeñado en volverlo a desplegar. Se enamoró justo en el momento en que él la miró y quedó atrapada en el azul de sus ojos.
El Golf partió con algún cabrón dentro. Mentiría ella si hubiera dicho que le importó. Así de fuerte se enamoraba. Él se ofreció a estar presente cuando fuera a denunciar el robo, ¿qué agente creería que le habían robado el coche mientras auxiliaba a un paracaidista que le había caído encima?
Julio pasó y llegó agosto. Cada vez hacía más calor y ella estaba cada vez más enamorada. Un día se montaron en un avión. Él había amarrado con firmeza el cuerpo de ella al suyo con arneses y cintas, espalda de ella contra pecho de él. Y cuando saltaron al vacío ella sintió su amor por él multiplicado hasta el infinito, sin miedo, a sabiendas de que mientras sus cuerpos siguieran pegados ella estaría a salvo.
Septiembre. El verano se acababa. Ella volvió al trabajo con su nuevo coche. De camino por la serpenteante carretera que se sabía de memoria notó que volvía a sumirse de nuevo rutina. En el gris de la eterna costumbre. Y sintió melancolía. Y abocada hacia esos pensamientos olvidó prestar atención a la carretera y, súbitamente algo indefinido golpeó contra el frontal de su coche nuevo.
Antes de poder hacer un resumen mental de lo sucedido, un hombre, casi un muchacho, con atuendo brillante y festivo, torso descubierto y látigo en mano acudió al encuentro del animal malherido. "Es un león, se ha escapado de nuestro circo, iré contigo a tu compañía, ¿quién creería que has atropellado a un león?"
Y no lo pudo evitar, ella quedó atrapada en el verde de sus ojos.
Aún era verano y, aunque no hacía tanto calor, acababa de volverse a enamorar.
March 13 Recuperé la consciencia con un terrible dolor de cabezaRecuperé la consciencia con un terrible dolor de cabeza. Alguien me había llevado a la cama, no sé cómo llegué allí. Todo me daba vueltas y sentía la boca pastosa con un amargo regusto. Tanteé torpemente la mesilla en busca de agua. Virginia debió dejar el vaso allí. Bebí precipitadamente, a grandes tragos.
Mis recuerdos se extienden hasta la sexta copa, a partir de ahí todo se vuelve turbio, impreciso. Supongo que debí pasármelo bien, pero alguien tendría que contármelo.
Virginia entró silenciosamente y se sentó al borde de la cama. La habitación estaba tenuemente iluminada por los rayos de sol, imagino que ya sería tarde. Me pareció que me miraba con cara de asco, no sé, quizás fue una impresión. Empezó a hablar con un tono severo, como quien reprende a un niño que se ha portado mal.
-¿No recuerdas nada de lo que pasó ayer?
-Creo que bebí más de la cuenta.- contesté con una risita tonta, sujetándome la frente como si eso aliviara el dolor.
-Ramón, tienes un problema. Tendrías que mirártelo ya.
Me enfadé.
-¿¡Me estás diciendo que soy un alcohólico!? ¿Alguna vez te he pegado? ¿Alguna vez te he forzado a hacer algo? ¿He faltado alguna vez al trabajo por estar borracho? Por Dios, Virginia, no me compares con ese tipo de gente. Yo no bebo para olvidar mis problemas, lo hago para divertirme.
-¿Te divertiste anoche?
-Vale, quizás me pasé de la raya. Pero, ¿quién no ha cogido alguna vez una borrachera de las que hacen historia? ¡No soy un alcohólico!
Virginia me observó con los ojos enrojecidos. Me dio miedo su mirada.
-Anoche me desperté a las cuatro de la mañana y no estabas a mi lado. Me levanté y vi luz en el baño. Te encontré en el suelo, con los pantalones bajados, tu culo reposando encima de un charco de mierda y tu cabeza envuelta en vómitos. Como pude te quité la ropa y te metí en la bañera. Olías a algo que me producía arcadas. Apenas te había quitado los restos de vómitos y excrementos cuando volviste a vomitar. Ni siquiera estabas consciente cuando lo hacías, me asustaste.
Aparté la vista avergonzado, no podía sostenerle la mirada. Ella continuó.
-No es la primera vez que pasa. No es la primera vez que me haces esto. Pero anoche tus hijos te vieron y ya no puedo disimular por ti. Me fue imposible sacarte de la bañera, estabas como muerto, así que tuve que llamar a Alejandro. Entre los dos te sacamos y te sentamos en una silla. Cristina nos vio, supongo que el ruido debió despertarla. Les pedí a tus hijos que no te miraran, nunca te habían visto desnudo. Tu hija te tapó con una toalla. Me moría de vergüenza pero eras tú el que debía estar avergonzado, sin embargo ahí estabas, durmiendo la mona como un bebé. Son sólo unos niños, Ramón, no merecen ver a su padre así.
Me tapé la cara con ambas manos. Intenté no imaginar la cara de mis hijos ante aquella deplorable situación, pero creo que esa imagen me perseguirá por el resto de mis días.
Virginia salió y me dejó pensando, es tremendamente doloroso pensar con la cabeza tan atormentada, pero tenía que hacerlo, es más, no podía dejar de hacerlo. Pensé en todas las malas noches que le hice pasar a mi mujer; pensé en el terrible concepto que tendrían mis hijos de mí en estos momentos; pensé en mis amigos, cómo se habrían reído al verme en tan patética situación...
"Mañana lunes, cuando se me haya pasado este horrible dolor de cabeza, mañana llamaré a un sitio de esos para hacer terapia, mañana, ahora sólo quiero dormir y desaparecer".
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ACEPTAR
AFRONTAR
REMEDIAR
March 06 Caminando por la orillaCaminando por la orilla Sara encontró una botella con un mensaje dentro y, al abrir la botella y leer el mensaje, una sonrisa se desprendió de sus labios marchitos, una tímida y casi imperceptible sonrisa después de tanto tiempo, después de haber estado un año sin sonreír.
Aquella mañana, justo tras volver de su paseo matutino por la cala que sólo ella pisaba, Esteban apreció un extraño rubor en el rostro de Sara, pero no supo deducir si aquello era un buen augurio.
Al día siguiente el rubor fue más acentuado, incluso a Esteban le pareció atisbar un amago de sonrisa, aquella sonrisa que lo había enamorado y que hacía tanto tiempo que no había vuelto a ver. Aquel fue el día más feliz para Esteban en mucho tiempo.
Día tras día Sara acudía con ansia a su apartada y pequeña cala, como una amante furtiva, en busca de aquella botella debatiéndose indecisa en el filo entre la arena y el mar, hasta que ella se precipitaba a rescatarla de su incertidumbre.
Como cada mañana allí estaba aquella botella, dispuesta a arrancarle las sonrisas más sinceras con inocentes cumplidos contenidos en un breve papel dentro del envase que la transportaban a tiempos mejores, cuando ella era joven y hermosa. Lisonjas que había dejado de oír hacía años y que tanta falta le hacían para vivir.
Aquella noche hicieron el amor con ganas. Hacía justo una semana desde el primer mensaje en una botella, justos siete mensajes. Después de un año volvieron a amarse arropados por el susurro del mar. A ella casi ni le importó que Esteban besara las cicatrices de sus mejillas, quemadas por las llamas que un año atrás estuvieron a punto de sesgarle la vida. Cuánto habría preferido que hubiera sido así, pero el destino prefirió que Sara viviera con aquella deformidad en su rostro que antaño había sido tan bello.
Y las cosas poco a poco volvieron al principio, la hermosa sonrisa de Sara se dejaba ver cada vez con más frecuencia y se regocijaron de nuevo en sus noches de amor que Esteban tanto ansiaba pero que, las cosas son así, no habían sido posibles porque ella no consentía el sexo sin amor y él no concebía el amor sin sexo.
Por primera vez después de un año, después del terrible accidente que había mellado su felicidad, las cosas volvían a ser como antes. Sara llegó a plantearle a Esteban la idea de dejar su medicamento contra la tristeza. Convinieron que lo hablarían con el doctor en la próxima visita. Ella se levantó temprano, volando hacia la cala que la esperaba para colmarla de agasajos de papel y vidrio. Pero aquella mañana no hubo botella ni mensaje. Sara esperó y esperó más de lo acostumbrado y al final desanduvo los pasos hacia la casa con la cabeza baja.
Convencida de que algún percance habría impedido a la botella hacer tierra, Sara volvió con esperanza cada mañana, con el inevitable regusto de la espera en vano. Poco a poco su sonrisa se fue desvaneciendo, hasta que por fin desapareció. Y Esteban volvió a tener a su triste esposa, ausente, distante y silente que paseaba por su vida como un fantasma. Y él, que sabía cómo rescatar aquella celestial sonrisa, pero que no se atrevía a hacerlo con palabras, no tuvo más remedio que volver a hacerse a la mar a la madrugada para lanzar el mensaje en una botella que las olas se encargarían de llevar hasta su amada.
February 27 Era el miedo el que gobernaba mis palabrasEra el miedo el que gobernaba mis palabras. Y mis actos. Por eso me había quedado allí tumbado, sin moverme, diciendo lo que no quería decir y sin hacer lo que quería hacer. Me mostré más agresivo de lo normal por miedo, aparentando ser más fuerte que los demás, más temerario, mostrando una impasibilidad abrumadora que hasta a mí mismo me asustó. Me costó poco esfuerzo enseñar los dientes, espantar a los que me rodeaban, era el miedo lo que me causaba aquel estado impertérrito. Quería demostrarles a todos que nada me podía afectar, que me reía de la compasión de los demás, que me importaba una mierda la ayuda que todos se empeñaban en ofrecerme.
Lo cierto es que durante el tiempo que estuve allí todos se portaron extraordinariamente bien conmigo, y aquella complacencia me llegó a molestar. Si pensaban que así me iban a ayudar a hacer más llevadera mi estancia estaban equivocados. Cada vez que alguien tenía un detalle conmigo yo mostraba mis dientes con más ferocidad, me exasperaba esa sensación de “no pasa nada” que querían imbuirme. Habría preferido mil veces que me trataran como merecía, que me hubieran insultado, incluso golpeado en alguna ocasión. Habría sido más acorde con la realidad y yo ahora no sentiría tanto miedo.
Por eso no había probado nada del suculento almuerzo que Gregory me había traído, como cada mañana, esbozando su imperturbable sonrisa de anuncio.
Ahora, mientras avanzaba, era el miedo lo que movía mis piernas, uno, dos, un paso tras otro, hasta que llegué al final del pasillo y la puerta se abrió, y pude ver el interior de la cámara, con las jeringuillas letales colgando de la pared y el público expectante, como quien mira a través de un escaparate. Y entonces noté la cálida humedad bajando por mi muslo.
February 15 En un dilema...Mientras recogía mis cosas retumbaban en mi cabeza las palabras que había usado para decírmelo. Tan fría, como si se regocijara con su decisión de manera triunfante.
Nuestro vínculo se forjó de manera poco original, como tantos otros. Ambos proveníamos de relaciones frustradas y fue esa afinidad precisamente la que nos unió. Al principio todo funcionó como tantas otras relaciones cuando empiezan: yo la admiraba y ella encontró en mí ese apoyo indispensable que hace que la vida de uno encuentre el equilibrio deseado. Estábamos perfectamente coordinados, compenetrados, pero lo más importante es que nuestra relación se basaba en la mutua confianza.
Y cuando esa confianza se perdió acabó todo. Ocurrió justo en el momento en que descubrí que ella me controlaba secretamente. Fui consciente entonces de que lo nuestro debía terminar, pero yo era demasiado cobarde para abandonarla. De manera que decidí provocarla para que fuera ella la que diera el paso. Poco a poco fui transformando nuestra relación en un infierno. Dejé de hablarle con respeto, o más bien podría decirse que dejé de hablarle. Ella cargó contra mí aprovechando cualquier momento para humillarme, despreciando todos mis esfuerzos. Yo dejé de interesarme por sus cosas y ella dejó de preocuparse por mi bienestar. Se trataba de ver quién podía más y quién se daba por vencido.
No canté victoria al saberme vencedor, ni siquiera me alegré, a pesar de ser lo que había estado buscando desde hacía tiempo. lo había conseguido y sin embargo no me sentía satisfecho, un amargo regusto me recordaba que una ruptura no beneficia a nadie.
Salí de allí con mis escasas pertenencias, fruto de una breve relación. Todavía temblaba al recordar la manera en que me lo había dicho. Ni siquiera tuvo el valor de decírmelo a la cara, lo hizo por teléfono, como quien encarga una pizza. Pero al menos ella fue valiente. No, no estaba contento. Me había salido con la mía pero me dolía.
Así es, fue muy doloroso descolgar el teléfono para escuchar su odiosa voz diciéndome con acritud: “Martínez, está usted despedido”.
Naranjita
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